Ciñendo la mente cristiana

Por L. Michael Morales, 30 de mayo de 2014.

En su discurso llamado La vida religiosa de los estudiantes de teología (The Religious Life of Theological Students), en el seminario de Teología en Princeton, el 4 de octubre de 1911, Banjamin B. Warfield enfatizó la necesidad de que los siervos del Señor sean a la vez eruditos y religiosos. El hombre sin educación, anota Warfield, sin importar con cuántos otros dones pueda estar dotado, no es apto para sus funciones. Dado que él se dirigía a sus estudiantes en particular, el grueso de su conferencia fue acerca de la vida espiritual “religiosa” – esto es, Warfield estaba advirtiendo a sus estudiantes acerca de los peligros de estudiar lejos de la adoración, de ver el conocimiento aparte de la piedad. La ruptura entre el conocimiento y la piedad es de hecho peligrosa para el alma. Alejado de la piedad, el conocimiento solamente hincha en vanidad y el orgullo; alejado del conocimiento, la piedad resulta débil e inestable, arrojándolo a uno a todo viento de doctrina.

Considerando nuestro propio contexto de manera general, es quizás el último peligro el que con más severidad enfrenta la iglesia de Jesucristo – Es decir, la pretensión de buscar piedad aparte del conocimiento. Sin necesidad de tomarse el tiempo para practicar la tendencia anti intelectual de nuestra época, ahora cliché, resulta evidente que con la iglesia rendida a la cultura secular, el pueblo de Dios ha sido incrementalmente marcado por una aversión al aprendizaje, tan característica de esa cultura.

Favoreciendo (así como generando) una postura esencialmente pasiva, el entretenimiento ha sido establecido como el medio sine qua non para toda comunicación e interacción; bien sea el asunto de esta la política, la educación, o la adoración. En la sociedad de hoy, si la presentación de un abogado requiera lógica básica, o más aun un argumento prolongado, perderá su caso. En la iglesia, incluso las charlas más inocuas, las cuales han reemplazado a los sermones, son usualmente desmenuzadas en videos o interludios teatrales – cualquier cosa para evitar la ofensa de exigir a los adoradores a estirar sus pequeñas células de materia gris. De hecho, mucho del rigor propio de la educación teológica ha sido metódicamente eliminado. Los que otrora fueron cursos básicos tales como lógica, lenguas bíblicas, e incluso teología sistemática ya no son obligatorias, o son abreviados hasta la irrelevancia por muchas instituciones de educación superior.

No es de sorprender, entonces, la falta de demostración, de claridad, y el flujo de la lógica infestando muchas de las predicaciones y muchos de los libros de la iglesia evangélica de hoy. Sin embargo, así como Cristo es llamado Logos, el que vino a revelar la verdad, así también resulta inevitable la necesidad de la iglesia a comprometerse con los asuntos de la verdad.

Este asunto, por su puesto, ha sido enfrentado en un grado u otro por cada generación de cristianos. El deseo de disfrute sobre la razón puede ser visto no solo en la inclinación de Nietzsche por Dionisio, el dios del vino, en lugar de Apolo, el dios de la racionalidad, sino incluso en el desierto, con el deseo de los israelitas por danzar alrededor del becerro de oro, en lugar de esperar la ley del Señor. El rol de la mente en la vida de la iglesia ha sido siempre crucial. Por ejemplo, aislado del reavivamiento del aprendizaje que tuvo lugar durante el renacimiento, es muy dudoso que Lutero hubiera alzado su martillo. Porque su asunto fue bíblico, y por otra parte también intelectual: alentado por debates públicos, libros y panfletos, en adición a predicaciones, clases y la elaboración de catecismos.

El apóstol Pedro entendió muy bien los peligros espirituales de nuestra inclinación natural a la laxitud intelectual. En un bello pasaje poético, él llama a los cristianos a “ceñir los lomos del entendimiento” (1 P. 1:13). Este llamado sonoro a la acción está en consonancia con la metáfora del viaje que Pedro usa en todo el libro, habiendo sido dirigida su epístola a los “peregrinos de la Diáspora”. Como un pastor bajo el Príncipe de los Pastores, Pedro deseaba guiar fielmente el rebaño de Cristo a través del desierto de esa época. Muchas veces a lo largo de un viaje, los peregrinos deben ser alentados a acelerar el paso; en el contexto del primer siglo, esto implicaría ajustarse la túnica, o “ceñirse”. Como el nuestro es un viaje espiritual, Pedro llama a los cristianos a ceñirse intelectualmente. Y no solo esto, sino que cuando el apóstol se refiere particularmente a “los lomos” de nuestra mente (representando a los lomos como la fuente de la vitalidad), él está llamándonos a aprovechar no solamente algo del poder mental, sino la esencia de nuestro poder intelectual para la fe. Este ceñir los lomos de nuestra mente nos incumbe porque a nosotros se nos ha concedido la revelación del evangelio en las escrituras – gloriosas verdades y realidades en las cuales los ojos angelicales por mucho tiempo han deseado mirar (1:12). Dado que ceñir nuestras mentes es también vital para procurar la santidad (1:14-16), nosotros somos traídos de nuevo a la pareja inseparable del conocimiento y la piedad. Puesto de una manera simple, una mente holgada e indisciplinada no producirá piedad.

Históricamente, el progreso y la influencia de la iglesia han sido asociados con escuelas teológicas sólidas. Uno piensa en la escuela de Juan Calvino en Ginebra, el púlpito de Lutero en la universidad de Wittenberg, y el legado de Carlos Hodge en el antiguo Princeton.

[…] La carta de Pedro recuerda a la iglesia que nuestro adversario merodea “como león rugiente, buscando a quién devorar” (5:8). No es retórica vacía entonces cuando nuestro catálogo dice: “este no es tiempo para que los cristianos sean pusilánimes o de mentes débiles”. Una educación que no equipa para un piadoso compromiso con las ideas y poderes de nuestra época – y esto por el bien de Cristo y su reino – es todo, menos educación cristiana. Tampoco es educación cristiana la que no tiene la biblia como la fuente fundamental y como la medida última de la verdad. […] Por tanto, cualquiera que sea el “ismo” reencauchado que las universidades ateas arrojen, cualesquiera sean los giros ideológicos en la esfera política, cualesquiera sean los males que plaguen la iglesia, así como lo es “por sismas desgarrada y por herejías apenada”, la respuesta única sigue siendo la misma para cada generación: nosotros necesitamos un mayor conocimiento de la palabra de Dios. […] Soli Deo Gloria.

Tomado de:

http://www.ligonier.org/blog/girding-christian-mind/

Dr. L. Michael Morales es presidente de los estudios bíblicos en el instituto reformado bíblico.

Traducción JDRA 2014

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