De la mente superficial e inquieta

En la anterior entrada hablábamos de algunos peligros que como cristianos podemos enfrentar a la hora de acercarnos sin discernimiento a la tecnología, principalmente a la información abundante que podemos recibir en tan poco tiempo y con mucha facilidad. Y quiero tocar el peligro que he denominado: De la mente superficial e inquieta. Estos calificativos sugieren un defecto que estaría seguro, a ningún cristiano le gustaría identificarse con ellos de manera intencional o alegre.

Este peligro se manifiesta, según relacioné, en el surgimiento de una cultura que como nunca antes puede saber muchas cosas pues ha visto como el mundo se ha acortado y puede tener una idea general de varias cosas a la vez. Pero en realidad estar lejos de conocer las cosas. Esa cultura de individuos que saben poco o superficialmente de muchas cosas, pero nada conocen en profundidad. Hablo de ese conocimiento de poco pero a cabalidad que está en vías de extinción por esa manera de mucha información donde no se está seguro de mucho.

Tengo en mente al creyente bien intencionado pero ingenuo, que se expone a diestra y siniestra a lo que se le ofrezca por internet y pueda estar enterado de la realidad política, deportiva, de la farándula actual y de posturas teológicas, pero a la vez con ningún criterio definido porque no analiza, ninguna postura establecida porque no reflexiona, porque no va al fondo. Se le lleva a extensiones de posibilidades de conocimiento que se miden por kilómetros, pero se le abstrae de la profundidad del mismo, lo que se puede medir en milímetros. Pero ¿el problema del creyente es solo el enfrentamiento de Extensión versus Profundidad? En parte, pero el problema es lo que estamos haciendo con nuestra mente. Sin duda que podamos ser reprendidos por nuestra mayordomía en el trato brusco que le damos a ella.

La vida cristiana óptima requiere una disciplina de la mente, de discernimiento, de procesos de escudriñamiento, selección, meditación, de profundización. Las luchas del alma se presentan principalmente a nivel de la mente y ella debe tener adiestrada la capacidad de poner la mente en un lado y sacarla del otro. Pero más aun, Dios quiso que los creyentes viniéramos a la luz y a mayor santidad a través de la recepción de la predicación de la Palabra de Dios, algo que se hace inicialmente en la mente. Y aquí vemos un gran peligro, pues si ya era un problema que los creyentes pensaran que el único que trabaja mentalmente a la hora del sermón era el predicador y solo tomaran la silla del espectador, ahora con la ayuda del mal acercamiento a la información, será abstraído de este medio de gracia y quedará día tras día son provecho, no solo siendo espectador, sino menos que eso por haber acostumbrado a la mente a una indisciplina en los procesos de su aprendizaje.

Ese creyente es aquel que ya no puede mantener su concentración por más de 10 minutos en una idea. No soporta la argumentación sistemática de la exposición de un tema. No haya el beneficio de la serie de sermones, desea encontrar en la predicación de la Palabra de Dios la misma filosofía del internet, poco de mucho y nada profundamente. Desea lo conciso, corto, breve y con muchas ayudas visuales o audiovisuales para mantener su interés o de lo contrario se perderá y no aprovechará lo que se le intenta comunicar. Ahora el creyente puede amarrar a la palabra predicación -sin sonrojarse- apelativos como aburrido, tedioso, largo, monótono o interesante, conciso, y breve, sobre todo breve. Su mente está moldeándose no a líneas de argumentación profunda sino a tips de Power Point. ¿Es esto una buena manera de tratar nuestra mente?

Seguramente la debilidad de un creyente así, también se manifestará en la manera que ya no lee, ni siquiera libros pequeños que le edificarían. De por sí nuestra cultura latinoamericana, en general, no es lectora, pero la cultura espiritual la requiere y aquí tenemos un vicio cultural en crecimiento. Es mejor para este tipo de creyentes escuchar dos reflexiones o mini sermones editados de un tema en Youtube de 7 minutos cada una y pasar muy rápido a otro tema, que averiguar, leer, reflexionar sobre un tema. Sus ojos se están acoplando al tamaño de su Black Berry más que a la página grande de su Biblia y de obras clásicas. Su disciplina mental se empieza a asemejar más a la disciplina que tiene nuestro dedo índice sobre el ratón del computador que a la mente de Cristo. Tal vez el solo tamaño de las Instituciones de Calvino o de libros como El Creyente con toda la Armadura, le hagan preguntarse si acaso no hay un resumen abreviado por internet en forma de video de 8 minutos.

¿Que estamos haciendo? ¿Es eso lo que queremos? No queremos caer en la superficialidad de una mente inquieta y por ello es necesario empezar a trabajar en disciplinarnos y entender que mucho de nuestro desarrollo espiritual va a depender de enfocarnos con sabiduría y profundidad a lo que debemos y tratar nuestra mente con mas sabiduría y compasión. ¿De qué serviría saber poco de mucho y no saber mucho de lo que deberíamos? ¿De qué serviría nuestra extensión de conocimiento si viene en detrimento de los sermones expositivos, argumentativos, sistemáticos, en series armónicas y profundas? Si la tecnología ha venido en detrimento de poder en sosiego aprovechar un buen libro, un sermón, entonces llegó el momento de discernir estos tiempos.

P. Jorge Castañeda

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