Daniel 3

Quizás inspirado por su sueño, Nabucodonosor manda hacer una estatua no solamente con la cabeza de oro, pero toda de oro. Lo notable en ese primer versículo es la desproporción de la figura. Enseguida sigue la lista de los invitados importantes, que inmediatamente se repite. No es difícil empezar a sentir cierta ironía en la narración. Cuando después no hacen más que repetir esa larga lista de instrumentos músicos, le llega al lector una certeza de que el tratamiento que hace el autor de la ceremonia, la pompa y circunstancia babilonia, es una burla sardónica.

El centro teológico de este relato se halla en las palabras de los tres jóvenes acusados. Dicen, en primer lugar, que no tienen por que responder, ya que el rey Nabucodonosor, en su ultima pregunta (¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?) ha retado a Dios. En segundo lugar afirman que su Dios es capaz de librarlos, sea como sea. No dudan del poder de Dios. Lo más importante de lo que dicen es lo que afirman en el tercer lugar: que Dios no tiene que librarlos, ellos igual le sirven.

Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.

Y es muy importante para comprender el mensaje del capitulo que entendamos con claridad lo que ellos quieren decir con ese tercer punto. Dios es omnipotente, han dicho en su segundo punto. Él puede, él vive, él no es un ídolo, no es un dios falso como los de los caldeos que ni siquiera les podían ayudar a saber que soñó el rey. El Dios de Abraham, Isaac y Jacob al quien sirven Ananías, Misael y Azarías es todopoderoso, y por consecuencia también es soberano. A un soberano no se le dicta. Y eso es lo que aquí necesita saber Nabucodonosor. Él ha dado un edicto que se pasa de la autoridad y soberanía que Dios le ha dado: no hay porque obedecerlo.

El contraste entre el espectáculo que monta Nabucodonosor con su larga imagen, su larga lista de celebridades, su bárbaro sincretismo musical (parece que los babilonios eran aficionados a la música extranjero, ver también el salmo 137), y por el otro lado el callado pero a la vez sensacional espectáculo de no solo tres hombres, sino imposiblemente cuatro caminando tranquilamente en esa hoguera a la que los mas fuertes ni podían acercarse, ese contraste es muy fuerte.
La verdadera religión goza de una sencillez y claridad que hablan no de multiplicar palabras, escenario, etc., pero de una sencillez de la tranquila fe en lo que es verdad. Dios no quiere aparato, ofrenda y sacrificio; Dios quiere es obediencia, y el sacrificio del que rinde su misma vida en lealtad a Dios, pase lo que el soberano Dios quiera que pase.

Se quemaron las ataduras, pero sus turbantes, sus vestiduras todas ahí descritas, nada. Ni el olor a humo se les pego. Y con palabras muy claras Nabucodonosor reconoce su falta de soberanía: Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey (!), y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios.

Al politeísta, con su sincretismo, sus multiplicados dioses, su superstición y vulgar religión inventada por hombres, se le enfrentan tres jóvenes de fe robusta que prefieren perder todo, aun su misma vida, antes que negar al único Dios vivo y verdadero.

Y nuestra religión, ¿se caracteriza por un igual sacrificio por cumplir con nuestras responsabilidades ante el gran Dios verdadero, todopoderoso, soberano? ¿Vencemos los obstáculos que nos pone el mundo, la carne y el diablo, sin dictarle a Dios que nos prospere, que nos trate mejor, dejando que responda como él quiera? Esta no es la religión de la prosperidad, la religión que afirma falsamente que al creyente todo le va bien. No es de la religión de los que se meten por ganancia propia y no por lealtad fundamental a Dios antes que todas las cosas. Esta es la verdadera religión, la de la Biblia, en la cual Dios es el soberano absoluto, y el creyente descansa en sus manos, en prosperidad y en adversidad, sabiendo que no a nosotros, pero a Dios es toda la gloria.

-Joel Zartman

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