Conocimiento Ineficaz

Conocimiento Ineficaz
John Newton
Traducido: Pastor Javier Martínez

Ser capacitado para formular una consistente, amplia y clara opinión sobre las verdades reveladas en las Escrituras es un gran privilegio. Pero aquellos que lo poseen están sujetos a la tentación de pensar exageradamente con respecto a sí mismos y menospreciar a otros, en especial a aquellos que no solamente rehúsan adoptar tales opiniones, sino también se oponen a ellas. Existen pocos escritos sobre asuntos controversiales que, aunque excelentes en otros aspectos, no están manchados por ese espíritu de superioridad.

Y, si aquellos que no fueron llamados para ese ministerio (de escribir), se examinaran atentamente a sí mismos, también percibirían este espíritu de superioridad actuando en sus propios corazones. Y, en la medida que prevalece en nosotros, somos obligados a reconocer nuestra culpa de ignorancia e inconsistencia, las cuales estamos siempre dispuestos a lanzar sobre nuestros oponentes. Para ayudarnos a corregir este mal, no conozco algo mejor que ponderar seriamente la admirable diferencia que existe entre una opinión adquirida y nuestra conducta actual. En otras palabras, cuán poca influencia ejercen nuestro conocimiento u opiniones sobre nuestro comportamiento. Esto confirma la verdad y la conveniencia de la observación del apóstol Pablo: “Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo” (I Cor 8.2). No que, necesariamente, nos hacemos insensibles a aquello que el Señor nos ha enseñado. Ni sería posible que así fuera. Aún, si juzgamos nuestro conocimiento por sus resultados en nuestras vidas, evaluándolo solamente por su valor experimental y práctico (que es el patrón correcto por el cual debemos juzgarlo), descubriremos que es tan frágil y pobre; por eso, difícilmente merece ser considerado.

[…] ¿No es extraño que, si hemos extraído de las Escrituras nuestros conceptos sobre la majestad, la pureza y la santidad divina, nos mostremos insensibles en la indecible obligación de regular todo lo que decimos y hacemos de acuerdo con sus preceptos? ¿No es extraño que en muchas ocasiones seamos traicionados por actitudes incorrectas que no cometemos en la presencia de personas importantes y, tal vez, aún de niños?

[…] En nuestros debates con los arminianos, defendemos con celo este asunto doctrinal, estando dispuestos a admirarnos de que alguien sea tan duro de corazón, al punto de cuestionar el derecho del Creador para hacer lo que desea con aquello que le pertenece. Mientras estamos comprometidos en defender la elección incondicional, convencidos por los argumentos que las Escrituras nos ofrecen en apoyo de esta verdad y nutridos por la confortable esperanza de que nosotros mismos pertenecemos al número de los electos, difícilmente evitamos acusar a nuestros enemigos, llamándolos orgullosos, perversos y obstinados, porque se oponen a la elección incondicional. Sin duda, esta oposición se fundamenta en el orgullo del corazón humano, pero este malicioso principio no está limitado apenas a un grupo; también, ocasionalmente, surge cuando aquellos que contienden en favor de la soberanía divina son más influencias por el orgullo que sus oponentes. Esta humillante doctrina requiere sumisión a la voluntad de Dios en todas las circunstancias de la vida, como demanda nuestra anuencia al propósito divino en demostrar su misericordia.

[…] De esto podemos observar lo siguiente: Los creyentes que poseen más conocimiento no son, necesariamente, los más espirituales. De hecho, algunos son capaces y realmente viven de manera más honorable y tranquila con dos talentos que otros que tienen cinco talentos. Aquel que conoce su propia debilidad y depende solamente del Señor, con seguridad florecerá, aunque sean pequeñas sus realizaciones y habilidades ya conseguidas. Y aquel que posee los mayores dones, discernimientos más claros y amplio conocimiento, si alimenta pensamientos elevados acerca de sus ventajas, está en el inminente peligro de errar y caer, pues el Señor no permitirá que sus amados se gloríen en sí mismos. Él guía a los humildes, suple a los hambrientos con buenas cosas y despide con manos vacías a los ricos. Y a aquel que se humilla, Él exalta.

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