¿VER PARA CREER?

Las iglesias carismáticas consideran que parte vital de su evangelización es la necesidad de que en sus cultos o fuera de ellos, la evangelización esté acompañada de milagros, pues sostienen que hay personas que necesitan “ver para creer”. Sin embargo, este argumento es antibíblico. Es cierto que en la iglesia primitiva Jesús y sus apóstoles hicieron muchas señales y maravillas (Hch.5:12), sin embargo, estas señales fueron hechas en una coyuntura histórica cuando se estaban echando los cimientos de la iglesia. Las señales y prodigios que caracterizaron la era apostólica no se volvieron a repetir en las mismas proporciones según la evidencia histórica. Dichas señales fueron decreciendo a medida que el canon de las Santas Escrituras fue convirtiéndose en la regla autoritativa de fe. Pero no es solo esto, hay múltiples textos que nos ilustran sobre el error de buscar ver señales milagrosas para creer.

EXIGIR SEÑALES PARA CREER ES UNA EVIDENCIA DE INCREDULIDAD. En cierta ocasión los escribas y fariseos pidieron al Señor Jesucristo que les mostrara una señal. Jesús les respondió que no se les daría la señal que ellos esperaban (Mt.12:38-40) La única señal que se les daría sería la del profeta Jonás. Jesús explica que a semejanza de Jonás quien estuvo tres días en las profundidades del mar en el vientre de un gran pez, así Jesús estaría tres días sepultado en la profundidad de la tierra. La evangelización de Jonás no estuvo acompañada de señales y milagros, simplemente fue proclamando por todas partes que Nínive se arrepintiera de sus pecados. Así como Jonás fue devuelto a la vida, asimismo Jesús resucitó de entre los muertos al tercer día. La mayor señal que Dios nos ha dado es el hecho que su Hijo Jesucristo fue resucitado de entre los muertos para que todo aquél que en Él crea no se pierda sino que tenga vida eterna.

Es imposible ser salvo sin creer en la resurrección de nuestro Señor (Ro.10:9-10). El problema con el apóstol Tomás era su pecado de incredulidad. Cuando él recibió noticias de la resurrección de Jesús no creyó. Lo primero que exigió fue “ver para creer” (Jn.20:24-29). Jesús le dijo que mas bendecidos eran aquellos que sin ver creían, sencillamente porque a Jesús se le sigue por medio de la fe y no por las señales que podamos ver.

En otro pasaje clásico encontramos ampliación sobre este tema. Se trata de Lucas 16:19-31. La petición del hombre rico atormentado en el infierno estaba relacionada con su gran preocupación por la salud espiritual de sus hermanos en la tierra. Este pobre hombre condenado solicita que Lázaro pueda ir a la tierra a predicar el evangelio a su familia para que ellos se arrepintieran a fin de que no terminen como él en ese lugar de tormento. En otras palabras la solicitud del condenado era que si sus hermanos en la tierra veían a alguien que regresó de ultratumba temblarían de miedo y se arrepentirían y creerían. La respuesta de Abraham es que en la tierra ellos tienen a Moisés y a los profetas, es decir tienen la Biblia. Deben creer el mensaje del la Biblia, deben oír, creer y obedecer. El condenado replica que esto no es suficiente, él sabe que la incredulidad de sus hermanos es grande, por tanto ellos necesitan algo impactante, una prueba fehaciente acerca de la realidad del más allá. Abraham le responde que si en la tierra sus hermanos no creen la Biblia tampoco van a ser convencidos ni siquiera por alguien que se levante de entre los muertos para ir a predicarles. El problema con los carismáticos de hoy es que dicen que la Biblia no es suficiente, ellos necesitan algo más allá de la revelación escrita, necesitan “ver señal para creer”. Esto realmente es pecado de incredulidad.

Las señales milagrosas no son el antídoto para la incredulidad. Juan el evangelista registra que a pesar que Jesús había hecho la señal de resucitar a Lázaro, “…a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él;…” (Jn.12:37). La incredulidad llevó al endurecimiento de los corazones de muchos de tal manera que aún viendo las señales milagrosas no creían, por eso Dios mismo cegó sus ojos y endureció sus corazones (v.39-40).

-Orosmán Rozo

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