17 octubre, 2014

SERVICIO CONMEMORATIVO DE LA REFORMA PROTESTANTE

Invitación Culto de la Reforma

3 octubre, 2014

LAS IMPLICACIONES PRÁCTICAS DEL CALVINISMO (Extracto)

Por: Albert Martin

B. B. Warfield describe el Calvinismo como “Aquella visión de la Majestad de Dios que se extiende a toda la vida y a toda la experiencia”. En particular, por lo que se refiere a la doctrina de la salvación, su agradable confesión se resume en estas significativas palabras: DIOS SALVA A PECADORES. Ahora donde quiera que somos confrontados con estas grandes declaraciones doctrinales de las sagradas escrituras, Dios no nos deja simplemente con una declaración doctrinal.

El propósito de poner la verdad de Dios en la mente del pueblo de Dios es para que la entiendan y puedan conocer su efecto en su propia experiencia personal. Por lo tanto, los grandes temas doctrinales de Efesios capítulos 1, 2 y 3 son seguidos por la aplicación de estas doctrinas a la vida práctica y a la experiencia en los capítulos 4, 5 y 6. El objetivo por el cual Dios nos dio su verdad no fue simplemente la instrucción de nuestras mentes; sino más bien la transformación de nuestras vidas.

Pero una persona no puede venir directamente a la experiencia de la vida, sino que debe venir mediante la instrucción de la mente. Entonces la verdad de Dios es dirigida al entendimiento y el Espíritu de Dios opera en el entendimiento como el Espíritu de sabiduría y conocimiento. El no simplemente ilumina la mente para que los cajones de archivo del estudio mental rebosen de información. Dios instruye la mente con el propósito de transformar la vida. Entonces ¿Cuáles son las implicaciones personales de la verdad y del pensamiento calvinista en la vida del individuo y en el ministerio ejercido por el individuo? […] ¿Cuáles son las implicaciones del pensamiento Calvinista, esta visión de la Majestad de Dios y de la verdad salvadora de la Escritura en lo que se refiere a nosotros como individuos?

En respuesta a esta pregunta volvamos a aquel principio general que B.B.Warfield llama “El principio formativo del Calvinismo”. Cito las palabras de Warfield : “Déjeme repetirlo, el Calvinista es la persona que ha visto verdaderamente a Dios y que tiene una profunda aprensión de la Majestad divina, y una intensa comprensión (acompañante inevitable de esta aprensión) que proviene de la relación sostenida con Dios por la criatura como tal, y particularmente por la criatura como pecadora. El Calvinista es una persona que ha visto a Dios y que, habiendo visto la gloria de Dios, está por un lado lleno de su propia indignidad ante la presencia de Dios como criatura y mucho más como pecador; y por otro lado, lleno de un asombro admirable del [hecho] que este Dios recibe a los pecadores. El que cree en Dios sin reserva y determina que Dios será Dios en todo su pensamiento, emociones y voluntad (en la total extensión de sus actividades diarias, intelectual, moral y espiritual) a través de toda su relación individual, social y religiosa es (por fuerza de la más estricta lógica que dirige el mejor de los principios en la vida y en el pensamiento y por la misma necesidad del caso) un Calvinista”.

Note que cuando B.B.Warfield define el Calvinismo y el Calvinista, usa palabras de una naturaleza fuertemente experimental. Las palabras “aprensión” y “comprensión” tratan primeramente con el entendimiento, aunque van más allá de esto. Pero cuando consideramos las palabras tales como “visto a Dios”, “lleno con un sentido de su propia indignidad”, “asombro admirable”, “pensamiento, emociones y voluntad”; nos damos cuenta de que estas son palabras que hablan de la experiencia de la persona. Warfield, en realidad, está diciendo que ninguna persona es un Calvinista, ni es verdaderamente Bíblico en su concepto de Dios, ni es verdaderamente religioso, ni es verdaderamente evangélico, hasta que estos conceptos hayan calado en las fibras nerviosas de su experiencia. En otras palabras, Warfield diría que un Calvinista académico es un falso nombre, un nombre tan equivocado como hablar de “un cadáver viviente”. La muerte ocurre cuando el alma se separa del cuerpo, y Warfield nos enseña que cuando el alma del pensamiento calvinista muere o se ausenta, entonces lo único que permanece es un cuerpo muerto, una peste en la nariz de Dios y frecuentemente una peste para la iglesia cuando esto es hallado en un ministro.

3 octubre, 2014

UNA DEFENSA AL CALVINISMO (Extracto Del Mensaje Tomado De La Autobiografía De C. H. Spurgeon, Volumen Uno).

Por: C.H. Spurgeon

[…] Pero ahora puedo decir que estoy seguro que, en lo que a mí concierne, “Él solamente es mi salvación.” Fue Él quien hizo volver mi corazón y me hizo ponerme de rodillas ante Él. Ciertamente yo puedo decir, conjuntamente con Doddridge y Toplady:

“La Gracia enseñó a mi alma a orar,
E hizo que mis ojos derramaran lágrimas.”

Y llegando a este punto puedo agregar:

“Únicamente la Gracia me ha preservado hasta ahora,
Y no permitirá que me aleje.”

Puedo recordar muy bien la manera en que aprendí las doctrinas de la Gracia en un solo instante. Nací arminiano, como todos nosotros lo somos por naturaleza; todavía creía en las viejas cosas que había escuchado continuamente desde el púlpito y no veía la Gracia de Dios. Cuando venía a Cristo pensaba que yo lo estaba haciendo todo por mí mismo y aunque yo buscaba al Señor sinceramente, no tenía la menor idea que el Señor me estaba buscando a mí. Yo no creo que el joven converso esté consciente de esto al inicio. Puedo recordar exactamente el día y la hora cuando recibí por primera vez en mi alma esas verdades; cuando fueron grabadas en mi corazón con un hierro candente, como dice Juan Bunyan, y puedo recordar cómo sentí que había crecido súbitamente de ser un niño para convertirme en un hombre adulto; que había logrado progresar en el conocimiento de la Escritura al haber encontrado, de una vez por todas, la clave de la verdad de Dios.

Una noche de un día de la semana, cuando me encontraba en la casa de Dios, no estaba tan concentrado en el sermón del predicador, pues no creía lo que decía. Entonces me vino un pensamiento: ¿cómo llegaste a ser un cristiano? Yo busqué al Señor. Pero ¿cómo fue que comenzaste a buscar al Señor? La verdad pasó por mi mente en un instante como un relámpago: yo no hubiera buscado al Señor sin haber recibido previamente una influencia que me hiciera buscarlo. Yo oré, pensé yo, pero entonces me pregunté: ¿cómo fue que comencé a orar? Fui inducido a orar al leer las Escrituras. Y ¿cómo fue que comencé a leer las Escrituras? Es cierto que las leí, pero ¿qué fue lo que me llevó a leerlas? Entonces, en un instante, pude ver que Dios está en el fondo de todo y que Él era el autor de mi fe, y así la doctrina de la gracia completa se abrió ante mí y de esa doctrina no me he apartado hasta este día y deseo que mi confesión constante sea ésta: “yo atribuyo mi cambio enteramente a Dios.”

Una vez asistí a un servicio donde el texto era precisamente “Él nos elegirá nuestras heredades” y el buen hombre que ocupaba el púlpito era algo más que un pequeño arminiano. Por lo tanto, cuando comenzó, dijo: “Este pasaje se refiere enteramente a nuestra herencia temporal, no tiene absolutamente nada que ver con nuestro destino eterno, pues, no queremos que Cristo elija por nosotros en asuntos relacionados con el cielo o el infierno, dijo. Es tan sencillo y fácil que cualquier hombre que tenga una partícula de sentido común elegirá el cielo y cualquier persona será lo suficientemente inteligente para evitar el infierno. No tenemos ninguna necesidad de una inteligencia superior o de un Ser más grande que elija el cielo o el infierno por nosotros. Eso se deja a nuestro libre albedrío y se nos ha dado suficiente sabiduría y los medios que son suficientemente correctos para juzgar por nosotros mismos.” Y por lo tanto, como dedujo muy lógicamente, no hay ninguna necesidad ni que Jesucristo, ni nadie más, elija por nosotros. Dijo que nosotros podíamos elegir nuestra herencia por nosotros mismos sin ayuda de nadie. “Ah,” pensé, “mi buen hermano, puede ser cierto que podamos, pero creo que necesitamos algo más que sentido común antes que debamos elegir correctamente.”

En primer lugar, permítanme preguntar, ¿acaso no debemos admitir, todos nosotros, una Providencia que gobierna todo y el decreto de la mano de Jehová en relación a los medios por los que venimos a este mundo? Esos hombres que piensan que, después, somos entregados a nuestro propio libre albedrío para elegir que esto o lo otro dirija nuestros pasos, deben admitir que nuestra entrada al mundo no fue por nuestra propia voluntad, sino que Dios tuvo que elegir por nosotros en ese momento. ¿Cuáles eran esas circunstancias en poder nuestro que nos llevaron a elegir a ciertas personas para que fueran nuestros padres? ¿Tuvimos algo que ver con eso? ¿No fue el mismo Dios quien designó a nuestros padres, el lugar de nuestro nacimiento y nuestros amigos?

¿No pudo Dios haber causado que yo naciera con la piel de un hotentote (pueblo nómada que vive en Namibia), traído al mundo por una madre sucia que me alimentaría en su “kraal” (choza redonda africana) y me enseñaría a inclinarme ante dioses paganos, de la misma manera que me pudo haber dado una madre piadosa, que cada mañana y cada noche se pusiera de rodillas para orar por mí? O, ¿acaso no hubiera podido Dios, si así lo hubiera querido, haberme dado a un libertino como padre, de cuyos labios yo pude haber oído un lenguaje espantoso, sucio y obsceno? ¿No pudo haberme colocado donde yo hubiera tenido un padre borracho que me habría recluido en un calabozo de ignorancia y me habría educado en las cadenas del crimen? ¿Acaso no fue la Providencia de Dios la que me dio la oportunidad feliz de que mis padres fueran Sus hijos y que se esforzaran por educarme en el temor del Señor?

John Newton solía contar una fantástica historia y se reía de ella también, acerca de una buena mujer que, con el objeto de demostrar la doctrina de la elección, decía: “Ah, señor, Dios debe haberme amado antes que yo naciera, pues de otra forma no podría haber visto nada en mí que se pudiera amar después.” Estoy seguro que eso es cierto en mi caso. Yo creo en la doctrina de la elección porque estoy absolutamente seguro que si Dios no me hubiera elegido, yo nunca lo habría elegido a Él. Y estoy seguro que Él me eligió antes que yo naciera, pues de otra forma Él nunca me habría elegido después. Él debe haberme elegido por razones desconocidas para mí, pues yo nunca podría encontrar alguna razón en mí mismo que justifique la razón por qué Él me miró con un amor especial. De tal manera que me veo forzado a aceptar esa grandiosa doctrina bíblica.

Recuerdo a un hermano arminiano que me decía que él había leído las Escrituras más de veinte veces y no había encontrado en ellas la doctrina de la elección. Añadió que las habría encontrado si hubieran estado allí, pues él leía la Palabra estando de rodillas. Yo le dije: “yo creo que tú lees la Biblia en una postura muy confortable y si la hubieras leído sentado en tu butaca habrías tenido una mejor posibilidad de entenderla. Ciertamente debes orar, y entre más ores mejor, pero hay una cierta superstición involucrada en pensar que hay algo en la postura que el hombre adopte para leer la Biblia. Y en cuanto a leer las Escrituras de manera completa veinte veces sin haber encontrado nada acerca de la doctrina de la elección, lo sorprendente hubiera sido que hubieras encontrado algo. Tú debes haber galopado en tu lectura a tal velocidad, que hubiera sido imposible que tuvieras una idea inteligible del significado de las Escrituras.”

Verdaderamente sería maravilloso ver un río que se alza sobre la tierra con todo su pleno cauce, ¿qué sería contemplar un vasto manantial del cual surgen espumeantes todos los ríos de la tierra, un millón de ellos nacidos juntos? ¡Qué visión sería! ¿Quién pudiera concebirlo? Y sin embargo el amor de Dios es esa fuente de la cual surgen todo los ríos de misericordia que a lo largo de todos los tiempos han alegrado a nuestra raza; todos los ríos de la Gracia en el tiempo aquí y en la gloria venidera. ¡Alma mía, ponte junto a esa fuente y adora y da grandeza, por toda la eternidad, a Dios nuestro Padre que nos ha amado!

En el principio, cuando este grandioso universo permanecía en la mente de Dios como los bosques por nacer están contenidos en la copa de una bellota, mucho antes que los ecos despertaran a las soledades; antes que las montañas fueran levantadas, mucho antes que la luz cruzara como relámpago a través del cielo, Dios amó a Sus criaturas elegidas. Antes que hubiera algún ser creado, cuando el éter todavía no era abanicado por el ala de un ángel, cuando no había absolutamente nada excepto Dios que estaba sólo, aún entonces, en esa soledad de la Deidad y en esa honda quietud y profundidad, Su corazón se movía con amor hacia Sus elegidos. Sus nombres estaban escritos en Su corazón y ya entonces eran muy queridos para Su alma. Jesús amó a Su pueblo antes de la fundación del mundo, ¡ya desde la misma eternidad! Y cuando me llamó por Su gracia, Él me dijo: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.”

Y luego, en la plenitud del tiempo, Él me compró con Su sangre. Él dejó que Su corazón se vaciara en una profunda herida abierta por mí mucho antes que yo lo amara. Sí, cuando Él vino a mí por primera vez, ¿acaso yo no lo menosprecié? Cuando Él tocó a la puerta y solicitó entrar ¿no lo corrí y lo agravié a pesar de Su gracia? Ah, puedo recordar que muy a menudo hice eso hasta que finalmente, por el poder de Su gracia eficaz, Él dijo: “Debo entrar, voy a entrar.” Y luego Él cambió mi corazón y me hizo amarlo. Pero hasta ahora yo lo habría resistido si no hubiera sido por Su gracia.

Bien, puesto que Él me compró cuando yo estaba muerto en pecados, ¿no se deduce de eso, como una consecuencia necesaria y lógica que Él tuvo que amarme primero? ¿Acaso mi Salvador murió por mí porque yo creí en Él? No. En aquel entonces yo no existía. En aquel entonces yo no tenía un ser. ¿Pudo entonces el Salvador haber muerto porque yo tenía fe, cuando yo mismo no había nacido? ¿Pudo haber sido eso posible? ¿Pudo haber sido eso el origen del amor del Salvador por mí? ¡Oh, no! Mi Salvador murió por mí mucho antes de que yo tuviera fe. “Pero,” dirá alguno, “Él vio por anticipado que tú tendrías fe, por lo tanto Él te amó.” ¿Qué vio anticipadamente acerca de mi fe? ¿Vio anticipadamente que yo obtendría esa fe por mí mismo y que yo creería en Él por mis propios medios? No. Cristo no pudo ver eso anticipadamente, pues ningún cristiano puede afirmar jamás que la fe vino espontáneamente sin el don y sin la obra del Espíritu Santo. Me he reunido con un gran número de creyentes y he hablado con ellos acerca de este asunto pero no he conocido a ninguno que pudiera poner la mano sobre su corazón y decir: “Yo creí en Jesús sin la ayuda del Espíritu Santo.”

Yo estoy atado a la doctrina de la depravación del corazón humano porque me veo a mí mismo depravado en mi corazón y percibo pruebas diarias que en mi carne no habita nada bueno. Si Dios entrara en un pacto con el hombre caído, el hombre es una criatura tan insignificante que tendría que ser un acto de condescendencia lleno de gracia de parte del Señor. Pero si Dios entrara en un pacto con el hombre pecador, ese pecador es una criatura tan ofensiva que tiene que ser un acto de Gracia pura, libre, rica, y soberana de parte de Dios. Cuando el Señor entró en un pacto conmigo, estoy seguro que fue solamente por Gracia, y solamente por Gracia. Cuando recuerdo que mi corazón era una guarida de bestias y aves inmundas y cuán terca era mi voluntad sin regenerar, cuán obstinada y rebelde en contra de la soberanía del gobierno divino, siempre me siento inclinado a tomar el lugar más humilde en la casa de mi Padre y cuando entre al cielo será para ir con los más pequeños de los santos y con los primeros de los pecadores.

8 agosto, 2014

Ciñendo la mente cristiana

Por L. Michael Morales, 30 de mayo de 2014.

En su discurso llamado La vida religiosa de los estudiantes de teología (The Religious Life of Theological Students), en el seminario de Teología en Princeton, el 4 de octubre de 1911, Banjamin B. Warfield enfatizó la necesidad de que los siervos del Señor sean a la vez eruditos y religiosos. El hombre sin educación, anota Warfield, sin importar con cuántos otros dones pueda estar dotado, no es apto para sus funciones. Dado que él se dirigía a sus estudiantes en particular, el grueso de su conferencia fue acerca de la vida espiritual “religiosa” – esto es, Warfield estaba advirtiendo a sus estudiantes acerca de los peligros de estudiar lejos de la adoración, de ver el conocimiento aparte de la piedad. La ruptura entre el conocimiento y la piedad es de hecho peligrosa para el alma. Alejado de la piedad, el conocimiento solamente hincha en vanidad y el orgullo; alejado del conocimiento, la piedad resulta débil e inestable, arrojándolo a uno a todo viento de doctrina.

Considerando nuestro propio contexto de manera general, es quizás el último peligro el que con más severidad enfrenta la iglesia de Jesucristo – Es decir, la pretensión de buscar piedad aparte del conocimiento. Sin necesidad de tomarse el tiempo para practicar la tendencia anti intelectual de nuestra época, ahora cliché, resulta evidente que con la iglesia rendida a la cultura secular, el pueblo de Dios ha sido incrementalmente marcado por una aversión al aprendizaje, tan característica de esa cultura.

Favoreciendo (así como generando) una postura esencialmente pasiva, el entretenimiento ha sido establecido como el medio sine qua non para toda comunicación e interacción; bien sea el asunto de esta la política, la educación, o la adoración. En la sociedad de hoy, si la presentación de un abogado requiera lógica básica, o más aun un argumento prolongado, perderá su caso. En la iglesia, incluso las charlas más inocuas, las cuales han reemplazado a los sermones, son usualmente desmenuzadas en videos o interludios teatrales – cualquier cosa para evitar la ofensa de exigir a los adoradores a estirar sus pequeñas células de materia gris. De hecho, mucho del rigor propio de la educación teológica ha sido metódicamente eliminado. Los que otrora fueron cursos básicos tales como lógica, lenguas bíblicas, e incluso teología sistemática ya no son obligatorias, o son abreviados hasta la irrelevancia por muchas instituciones de educación superior.

No es de sorprender, entonces, la falta de demostración, de claridad, y el flujo de la lógica infestando muchas de las predicaciones y muchos de los libros de la iglesia evangélica de hoy. Sin embargo, así como Cristo es llamado Logos, el que vino a revelar la verdad, así también resulta inevitable la necesidad de la iglesia a comprometerse con los asuntos de la verdad.

Este asunto, por su puesto, ha sido enfrentado en un grado u otro por cada generación de cristianos. El deseo de disfrute sobre la razón puede ser visto no solo en la inclinación de Nietzsche por Dionisio, el dios del vino, en lugar de Apolo, el dios de la racionalidad, sino incluso en el desierto, con el deseo de los israelitas por danzar alrededor del becerro de oro, en lugar de esperar la ley del Señor. El rol de la mente en la vida de la iglesia ha sido siempre crucial. Por ejemplo, aislado del reavivamiento del aprendizaje que tuvo lugar durante el renacimiento, es muy dudoso que Lutero hubiera alzado su martillo. Porque su asunto fue bíblico, y por otra parte también intelectual: alentado por debates públicos, libros y panfletos, en adición a predicaciones, clases y la elaboración de catecismos.

El apóstol Pedro entendió muy bien los peligros espirituales de nuestra inclinación natural a la laxitud intelectual. En un bello pasaje poético, él llama a los cristianos a “ceñir los lomos del entendimiento” (1 P. 1:13). Este llamado sonoro a la acción está en consonancia con la metáfora del viaje que Pedro usa en todo el libro, habiendo sido dirigida su epístola a los “peregrinos de la Diáspora”. Como un pastor bajo el Príncipe de los Pastores, Pedro deseaba guiar fielmente el rebaño de Cristo a través del desierto de esa época. Muchas veces a lo largo de un viaje, los peregrinos deben ser alentados a acelerar el paso; en el contexto del primer siglo, esto implicaría ajustarse la túnica, o “ceñirse”. Como el nuestro es un viaje espiritual, Pedro llama a los cristianos a ceñirse intelectualmente. Y no solo esto, sino que cuando el apóstol se refiere particularmente a “los lomos” de nuestra mente (representando a los lomos como la fuente de la vitalidad), él está llamándonos a aprovechar no solamente algo del poder mental, sino la esencia de nuestro poder intelectual para la fe. Este ceñir los lomos de nuestra mente nos incumbe porque a nosotros se nos ha concedido la revelación del evangelio en las escrituras – gloriosas verdades y realidades en las cuales los ojos angelicales por mucho tiempo han deseado mirar (1:12). Dado que ceñir nuestras mentes es también vital para procurar la santidad (1:14-16), nosotros somos traídos de nuevo a la pareja inseparable del conocimiento y la piedad. Puesto de una manera simple, una mente holgada e indisciplinada no producirá piedad.

Históricamente, el progreso y la influencia de la iglesia han sido asociados con escuelas teológicas sólidas. Uno piensa en la escuela de Juan Calvino en Ginebra, el púlpito de Lutero en la universidad de Wittenberg, y el legado de Carlos Hodge en el antiguo Princeton.

[…] La carta de Pedro recuerda a la iglesia que nuestro adversario merodea “como león rugiente, buscando a quién devorar” (5:8). No es retórica vacía entonces cuando nuestro catálogo dice: “este no es tiempo para que los cristianos sean pusilánimes o de mentes débiles”. Una educación que no equipa para un piadoso compromiso con las ideas y poderes de nuestra época – y esto por el bien de Cristo y su reino – es todo, menos educación cristiana. Tampoco es educación cristiana la que no tiene la biblia como la fuente fundamental y como la medida última de la verdad. […] Por tanto, cualquiera que sea el “ismo” reencauchado que las universidades ateas arrojen, cualesquiera sean los giros ideológicos en la esfera política, cualesquiera sean los males que plaguen la iglesia, así como lo es “por sismas desgarrada y por herejías apenada”, la respuesta única sigue siendo la misma para cada generación: nosotros necesitamos un mayor conocimiento de la palabra de Dios. […] Soli Deo Gloria.

Tomado de:

http://www.ligonier.org/blog/girding-christian-mind/

Dr. L. Michael Morales es presidente de los estudios bíblicos en el instituto reformado bíblico.

Traducción JDRA 2014

18 julio, 2014

20 AYUDAS PARA ESCUCHAR UN SERMÓN

Por: David Murray

Antes del Sermón

1. Lee y medita en la Palabra de Dios todos los días
La lectura diaria de la Biblia despierta nuestro apetito para el plato principal en el Día del Señor. No podemos esperar estar listos para digerir el alimento espiritual, si no hemos estado comiendo durante toda la semana y si hemos estropeado nuestro apetito con un festín de pecado.

2. Limite su exposición a los medios de comunicación
La mayoría de los estadounidenses consumen en promedio entre 9 a11 horas al día frente a los medios (Santiago 1:21). En el libro ‘Predicando a Gente Programada: Una Comunicación efectiva en una sociedad saturada de medios’-, Timoteo Turner explica como “Ver Televisión y predicación son diametralmente opuestos entre sí- el uno es visual, el otro es racional; una involucra el uso de los ojos, la otra involucra el de los oídos; uno crea observadores pasivos, el otro requiere oyentes activos “.

Después de ver televisión, ir al cine y navegar por Internet durante toda la semana, quienes vienen a la iglesia, tienen que sentarse y escuchar un largo sermón que exige una gran concentración y esfuerzo al que ellos no están acostumbrado. Se espera que pases de ser un espectador pasivo a un oyente agresivo de un día para otro. Escuchar exige una gran concentración y la autodisciplina. (Expository Listening, 42).

3. Utilice el Sábado en la noche así:
Ponga en orden la semana anterior, prepararse para la próxima semana, acuéstese temprano, persuadir (reprender?) a los niños por última vez, el Sábado por la noche.

4. Ore por usted y por el Pastor
Haga esto diariamente, pero especialmente el Domingo. En muchos sentidos, “Lo que pides te será hecho”.

5. Prepárate para escuchar
Hay múltiples recursos disponibles sobre la manera de predicar, pero, aparte de los pocos mencionados, existen muy pocos sobre cómo escuchar. Los predicadores tienen muchos recursos para capacitarse y equiparse para ser mejores predicadores, pero los oyentes apenas tienen recursos para capacitarse y equiparse para ser mejores oyentes. Esto es sorprendente si tenemos en cuenta que el número de oyentes supera con creces el número de predicadores y más aún cuando te das cuenta de que la Biblia dice más acerca de la responsabilidad del oyente, para escuchar y obedecer la Palabra de Dios, que sobre la responsabilidad del predicador para explicar y aplicar la Palabra de Dios. De principio a fin, la Biblia está repleta de versículos y pasajes que hablan de la necesidad vital de escuchar y obedecer la Palabra de Dios. Dios está muy preocupado por cómo los predicadores predican. Pero basados en la gran cantidad de referencias bíblicas para oír y escuchar, no cabe duda de que Dios está no solo tan, si no más preocupado por cómo los oyentes escuchan. (Expository Listening, 3).

Durante el sermón

1. Vamos a la iglesia a tiempo para conseguir calmarnos, acomodarnos y enfocarnos.

2. Respetar el silencio del santuario: Esto incluye la formación de sus hijos para que no distraigan a los demás.

3. Involucre a su cuerpo y alma en el culto y la oración: Avive su cuerpo, mente y alma en la adoración antes del sermón.

4. Dígase a sí mismo que Dios está a punto de hablar: Siga orando para que Él te hable a través de Su Palabra.

5. Reconozca que este es un esfuerzo de equipo y asuma la responsabilidad personal.
Esta es una empresa conjunta entre el predicador y el oyente. Los sermones exitosos resultan cuando el oyente hace equipo con el predicador, algo muy similar a un cátcher (quien lanza la bola en el Béisbol) trabaja al unísono con un pitcher (quien recibe la bola en el Béisbol). Tanto el lanzador y el receptor tienen un papel importante que desempeñar en el proceso de lanzamiento. La responsabilidad no cae solamente en los hombros del lanzador. (Expository Listening, 4).

6. Tome notas breves: Suficientes para ayudarle a concentrarse, pero no tantos que se convierte en una conferencia dónde sólo se beneficia la cabeza.

7. Compruebe que el predicador está predicando la Palabra de Dios: No con un espíritu farisaico crítico (Lucas 11:54), sino con un espíritu de discernimiento Berea (Hechos 17:11).

8. Acepte que habrá momentos en los que la Palabra de Dios le hará daño: No reaccione en contra de esta exhortación ni se apague, más bien recíbala y trate de sacar provecho de ella.

9. Construya una buena voluntad hacia el predicador: La mala voluntad o malicia hacia el predicador es un endurecedor del corazón. Eso bloquea la Palabra.

10. Trate de encontrar un asunto para beneficiarse: Generalmente, usted puede encontrar una migaja de pan o dos aún en el más pobre sermón del predicador más pobre.

Después del sermón

1. Hable acerca del sermón con otros: Comparta de qué manera fue ayudado en el con amigos y familiares.

2. Póngalo en práctica: Obedecer y hacer la Palabra.

3. Sea paciente en la búsqueda de resultados: Sembrar y recoger el fruto presupone un proceso gradual y un desarrollo lento.

4. Trabajo en su terreno: El tipo de terreno puede cambiar lo malo en algo bueno y de bueno a muy bueno. Somos responsables de la preparación del terreno de nuestro corazón (Marcos 4:1-20).

5. Traiga su comentario: Anime a los predicadores de tiempo en tiempo con detalles sobre cómo sermones particulares le han ayudado y de qué manera.

Tomado de

http://headhearthand.org/blog/2013/09/04/20-helps-to-sermon-listening/

18 julio, 2014

¿La Adoración que honra a Dios es predicación obsoleta?

Por: David Chanski

Muchas personas en nuestro día ven la predicación autoritativa de la Palabra de Dios de la misma manera en que ven el telégrafo. Ellos sienten que Ambas son anticuadas y obsoletas. “¿Por qué poner nuestro mensaje en el arcaico código Morse cuando tenemos las invenciones avanzadas del fax, teléfonos celulares, y correo electrónico?” De la misma manera, “¿Por qué desmenuzar el evangelio a través del instrumento de la ‘tediosa’ predicación cuando tenemos disponible los elegantes métodos de producciones teatrales y musicales, presentaciones de diapositivas multimedia, y las reuniones de los grupos de discusiones en la ciudad?”. Desafortunadamente, muchos cristianos e iglesias tratan la predicación autoritativa como una reliquia embarazosa de una era pasada.

Dios piensa de otra manera. Después de su bautismo, “Jesús vino a Galilea predicando el evangelio de Dios” (Marcos 1:14). “Instituyó Doce, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Marcos 3:14). La venida del Espíritu en Pentecostés resultó en que Pedro predicara un poderoso sermón (Hechos 2:14 ss). Pablo y Bernabé evangelizaron a los pecadores y santos edificándolos por la predicación (Hechos 13:05; 14:7,21, etc). Con las ultimas fuerzas antes de su muerte, Pablo le escribió al joven Timoteo: “Te encargo solemnemente en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos ya los muertos, en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que insistes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina “(2 Timoteo 4:1-2).

La predicación autoritativa de la Palabra es la “Cañón del Reino.” Es la principal arma de Dios en la difusión del Evangelio y el fortalecimiento de su pueblo. Por el Espíritu, los predicadores derriban las fortalezas del enemigo al confrontar directamente las conciencias de los hombres con la verdad de Dios. En la fiel predicación expositiva de las Escrituras, podemos escuchar la voz de Dios (1 Tesalonicenses 2:13). No debemos conformarnos con nada menos que ese bendito sonido.

Tomado de:

http://heraldofgrace.org

6 junio, 2014

¿Se le presume muerto si usted falta a una reunión de oración?

Por: Tom Ascol

http://tomascol.com/would-you-be-assumed-dead-if-you-missed-a-prayer-meeting/

 James A. Spurgeon ayudó a su más famoso y hermano mayor, Charles, en el ministerio del Tabernáculo Metropolitano en el siglo XIX. Se desempeñó en varios puestos, incluyendo a partir de 1868, el de ” co-pastor “, aunque sus funciones eran principalmente administrativas. A menudo ayudó a otras iglesias que estaban luchando, buscando promover su revitalización. Una de estas iglesias que fue ayudada en gran medida por su ministerio estaba en Croydon. El siguiente es un relato de un querido miembro de esa iglesia que fue escrito por James en the Sword and Trowel[1] en 1884. Mientras lo leía, no pude evitar preguntarme ¿A cuántos miembros de la iglesia se les supondría muerto si llegaran a faltar dos reuniones de oración?

 

EN LA REUNIÓN DE ORACIÓN; O MUERTO

UNAS PALABRAS que hablan de la Reunión de Oración en el Tabernáculo Metropolitano, por el pastor J.A. SPURGEON

 

Acabo de perder a uno de los miembros de mi iglesia en Croydon. Cuando fui por primera vez, me encontré con una mujer intemperante; y por cierto, con el lado triste y doloroso de su historia. Hace unos diez años atrás, empobrecida por el abuso del alcohol, con pocos recursos para vivir y muy poco para comer, reducida a su mayor necesidad, resolvió muy sabiamente que sería abstemia porque así no podía seguir.

Desde la firma de esa promesa, se convirtió en una mujer nueva; llegó a la casa de oración, la gracia de Dios llegó a su corazón, y desde ese momento estuvo siempre en la Capilla cuando se abrieron las puertas. Yo solía decirle que realmente pensaba que ella vivía en el recinto.

Nunca se celebró una reunión de oración sin que la señora W – estuviera presente. Si yo estaba o no allí, ella lo estaba. Una vez hace seis meses, se ausentó. Cuando le pregunté donde había estado, ella dijo: “Vine y dejé los libros, pero no me quede para la reunión”. Resulta que había venido a la iglesia por no faltar, pero faltó porque se fue a visitar un enfermo. Esa fue la única vez que esa señora faltó a una reunión de oración hasta que después faltó un domingo por la noche cuando le extrañé de nuevo.

Le pregunté a mis diáconos si la habían visto u habían oído acerca de ella, y me dijeron: “No sabemos dónde está, ella tampoco estuvo con nosotros el pasado viernes por la noche en la reunión de oración”.  Les dije que estaba seguro de que estaba muerta, porque si hubiera estado viva ciertamente habría estado en la reunión de oración. Nadie cuestionó lo que dije. Todos sintieron como yo que ella no se habría perdido dos reuniones de oración seguidas a menos que hubiese muerto, o hubiese estado demasiado enferma para salir de su casa.

Durante el servicio de la tarde uno de los diáconos fue a donde vivía completamente sola y al no recibir respuesta de nadie, consiguió ayuda e irrumpió en la casa. Allí encontró justo lo que esperábamos; estaba allí, de rodillas, muerta, en su pequeña sala, debió haber muerto en medio de un gran sufrimiento y en el acto de orar a Dios.

Ella era un personaje notable. Visitó y regaló tratados en la peor calle de Croydon, y tenía una manera singularmente feliz de ganarse a las personas muy malvadas, a quienes iba a contarles la historia de su propia vida, y decirles que ella solía ser como ellos, pero que por la gracia de Dios se había convertido, y que el don de la gracia que ella tenía podría hacer lo mismo para ellos.

Se cuenta una historia como un ejemplo de las bromas que le solían jugar. Un joven pensó en asustarla; así que se vistió como el diablo tanto como su imaginación le permitió hacer. Cuando ella llamó a la puerta, la abrió y gritó: “Yo soy el diablo”, y comenzó a gritarle. Sin embargo, ella no se alarmó en lo absoluto, tranquilamente- se puso las gafas y lo miró de arriba abajo, y le dijo: “Tú no eres el diablo, eres solamente uno de sus hijos”. Pensé que la anciana obtuvo lo mejor de esa experiencia en ese momento. Le pregunté si alguna vez lo volvió a ver  y ella respondió: ” ¡Oh no, querido! Él sólo bajó la cabeza y se fue. “

La echaremos de menos profundamente; nuestras reuniones de oración tendrán un espacio en blanco, el de la Sra. W. Es una ausencia que no vamos a superar fácilmente. Espero que algunos de ustedes serán tales asistentes constantes en las reuniones de oración que si llega a pasar que se ausente dos veces seguidas diremos de ti: “Estoy seguro de que nuestro hermano o hermana ha de estar muerto”, aunque no queremos partir tan pronto como lo hizo nuestra buena amiga en Croydon.

 

(Tomado de Sword and Trowel: 1884 [London : Passmore y Alabaster, 1884 ] , 89-90 ).

22 mayo, 2014

Invitación

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29 abril, 2014

CONFERENCIA IGLESIA & FAMILIA REFORMADA

31 marzo, 2014

Justificación y Santificación

 

Por J.C. Ryle

 

[Nota de quien postea este artículo: El siguiente es un extracto del título Santificación que aparece en el libro: El Secreto de la vida Cristiana, de J.C. Ryle. Aunque es un excelente articulo y desconociendo el idioma primario del este artículo, el lenguaje del punto 5 de los puntos concordantes, creo que debió plantearse mejor para no dar la impresión de salvación por obras].

 

Acordémonos siempre que aunque la justificación y la santificación son dos cosas distintas, sin embargo en ciertos puntos concuerdan y en otros difieren. Veámoslo en detalle:

 

Puntos concordantes

 

1- Ambas proceden y tienen su origen en la libre gracia de Dios.

 

2- Ambas son parte del gran plan de salvación que Cristo, en el pacto eterno, tomó sobre sí en favor de su pueblo. Cristo es la fuente de vida donde fluyen el perdón y la santidad. La raíz de ambas está en Cristo.

 

3- Ambas se encuentran en la misma persona. Los que son justificados también son santificados, y aquellos que han sido santificados, han sido también justificados. Dios la ha unido y no pueden separarse.

 

4- Ambas empiezan al mismo tiempo. En el momento en que una persona es justificada, empieza también a ser santificada, aunque al principio, quizás, no se percate de ello.

 

5- Ambas son necesarias para salvación. Jamás nadie entrará en el cielo sin un corazón regenerado y sin el perdón de sus pecados; sin la sangre de Cristo y sin la gracia del Espíritu; sin la disposición apropiada para gozar de la gloria y sin el título de la misma.

 

Puntos que difieren

 

1- Por la justificación, la justicia de otro, de Jesucristo, es imputada o puesta en la cuenta del pecador. Por la santificación el pecador convertido experimenta en su interior una obra que lo va haciendo justo. En otras palabras, por la justificación se nos considera justos, mientras que por la santificación se nos hace justos.

 

2- La justificación no es propia, sino que es la justicia eterna y perfecta de nuestro Maravilloso mediador Cristo Jesús, la cual nos es imputada y hacemos nuestra por la fe. La justicia de la santificación es la nuestra propia, impartida, inherente a influida en nosotros por el Espíritu Santo, pero mezclada con flaqueza e imperfección.

 

3- En la justificación no hay lugar para nuestras obras. Pero en la santificación la importancia de nuestras propias obras es inmensa, de ahí que Dios nos ordene a luchar, a orar, a velar, a que nos esforcemos, afanemos y trabajemos.

 

4- La justificación es una obra acabada y completa; en el momento que una persona cree, es justificada, perfectamente justificada. La santificación es una obra relativamente imperfecta; será perfecta cuando entremos en el cielo.

 

5- La justificación no admite crecimiento ni es susceptible de aumento. El creyente goza de la misma justificación en el momento de acudir a Cristo por la fe, que de la que gozará por toda la eternidad. La santificación es, eminentemente, una obra progresiva, y admite un crecimiento continuo mientras el creyente viva.

 

6- La justificación hace referencia a la persona del creyente, a su posición delante de Dios y a la absolución de su culpa. La santificación hace referencia a la naturaleza del creyente ya a la renovación moral del corazón.

 

7- La justificación nos da título de acceso al cielo y confianza para entrar. La santificación nos prepara para el cielo y nos previene para sus goces.

 

8- La justificación es un acto de Dios con referencia al creyente y no es discernible para otros. La santificación es una obra de Dios dentro del creyente que no puede dejar de manifestarse a los ojos de otros.

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